HECATOMBE (segunda entrega)

Hay sueños que se vuelven realidades y
realidades que se convierten en pesadillas.
Vamos en busca de algo y ese algo, puede resultar ser

nuestra propia vida o nuestra propia muerte.

Hugo Coya



Leer capítulo anterior “aquí”.


CAPÍTULO II: La blanca paloma



El niño predilecto en alguna Iglesia del distrito del Rímac, por la década de 1970, era un muchachito llamado Martín Sánchez Terán estudiante del Colegio Carlos Pareja Paz Soldán. Si los jóvenes muchachos de ese distrito entonan desde muy temprano al ritmo de los cánticos celestes del equipo local, es lógico, que otros tantos, se vean influidos por nuevas formas de diferenciarse del resto. Razón mayor para el PMS, quien desde pequeño iba pegado a las faldas de su madre a la misa dominical. En una familia comprendida por cinco hermanos, siempre existe la oveja negra y la blanca paloma. De blanco se viste Martín al ser admitido –seguramente por la cercanía de su madre al cura– como monaguillo de la Iglesia.

El orgullo de la madre escapa sin control: su hijo se acerca con rapidez al Señor y sus primeros puestos en el plantel del Jr. Los Descalzos no desmerecen el hecho. Los celos de sus hermanos, aún cuando de esperarse, son sobrellevados de muy buena manera.

Posiblemente el PMS, sin pensarlo, haya querido ser sacerdote desde tan temprana edad por continuar viviendo esa apreciable emoción materna.

Martín Sánchez, no quiere decir o recordar el nombre del monasterio al que intentó ingresar a los 15 años. Se siente burlado y reprime la idea en su mente.

Un año después, al salir del colegio, ingresa a la Escuela Militar de Chorrillos. Los problemas para el nuevo cadete empiezan con la representación de esa vieja ceremonia, que aminora lentamente con el pasar de los meses, donde los ‘perros’ del primer año son prácticamente usados cual trapo sucio de los mayores. Para Martín, los días son una rutina tormentosa a la que se enfrenta siendo el menor de toda la reluciente y novata promoción. 16 años de vanas experiencias para la complicada tarea de sobrevivir en un lugar donde dar  un paso sin una orden o un grito está prohibido. El cadete Sánchez Terán no soporta el martirio o, mejor aún –según explica—enferma repentinamente de leucemia en su cuarto año.

8 meses en el hospital. Los doctores no notan mejoría. Martín luce pálido y delgado. Una misa de salud es la gota que derramó el cáliz sobre él. Luego, de un momento a otro, pega un susto a todos y dice que tiene hambre. Un muy profesional médico, afirma que esto es una muestra de delirio. Misteriosamente, después de ese día empieza a mejorar y los exámenes dan un resultado negativo de leucemia. Esta es la señal que Martín esperaba.

Muy tierna historia para ser verdad, según algunos.

A los 21 años, en la puerta del Seminario Mayor de Santo Toribio en Pueblo Libre, se despide con demasiado afecto de su novia, con quien, de manera insólita, se encontraba comprometido hacía algún tiempo. Durante un año, la leal muchacha –quien como dicen– llevaba la procesión por dentro, acude eventualmente a visitar al joven Martín. Conversan mientras caminan lentamente entre las enormes palmeras del interior o toman asiento cerca a la pileta. Llegado el momento, ella entendió y lo dejó ir.

Martín Sánchez, un poco más alto, mucho más maduro y comprometido por completo con sus ideales y amor al Señor, abandona el Seminario a los 30 años. Se ordena como sacerdote en el año 1997.



…continuará.

Leer el capítulo siguiente.

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