HECATOMBE – Sobre la debacle vida de un ex sacerdote
Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha
es preciso comenzar de nuevo. André Gide
Capitulo I: Lanzamiento mundial
Corre viento en Lima. Una leve llovizna humedece el parabrisas de los autos. Son aproximadamente la 01.50 horas. Es una noche fría de agosto de 2005. Una poderosa camioneta 4×4 color azul oscuro de lunas polarizadas se encuentra estacionada casi en medio de la nada frente al mar. Es habitual que los visitantes del lugar lleguen no precisamente a disfrutar del ritmo musical de las olas que no descansan. Tampoco van allí a ver estrellas que Lima nunca tiene.
Estacionarse frente al mar, en la Costa Verde, pagando 5 soles por el derecho, otorga a los ansiosos seres una calurosa noche fría de placer. Una suerte de zona delimitada para la llegada de hoteles ambulantes. La llovizna atenúa y las lunas empañadas dictan cátedra de lo sucedido en el interior. De pronto, se estaciona junto a la camioneta azul un patrullero de donde baja un policía. Se acerca altivo e interroga al chofer. 02.15 horas. En la parte trasera hay dos varones. Uno de ellos, diría luego el oficial, “estaba en las piernas del otro y se besaban.” Casualmente, aquel personaje tiene un rostro conocido: es el Padre Martín Sánchez (PMS).
En ese instante, los otros autos estacionados detienen sus leves movimientos como sorprendidos y se ponen en marcha. Caja de cambios en ‘R’ y acelerador a fondo. Una anónima llamada telefónica y, en cuestión de minutos, levantan polvo los raudos vehículos de Prensa. 02.35 de la madrugada. Si antes era un personaje público y cuestionado por su labor gerencial y eclesiástica, es éste el instante del lanzamiento mundial del nuevo y mediático sacerdote.
Al interior, Augusto Martín Sánchez Terán intenta con la mano cubrir su rostro hasta que todo se torna inmanejable. Ni una apacible forma de hablar ni la presentación de su tarjeta personal. Ni las desesperadas llamadas telefónicas que realiza ni mucho menos, su intento de mostrar inútil la intervención hacen cambiar de parecer al obstinado policía. El dilema es simple en esos momentos: o se arma de valor y enfrenta las obsesas preguntas de los periodistas o, pues entonces, la versión será contada únicamente por los excitados uniformados que lo intervinieron. Martín Sánchez baja de la camioneta y pone la mejilla.
…continuará.
Leer el capítulo II “aquí”.
Corre viento en Lima. Una leve llovizna humedece el parabrisas de los autos. Son aproximadamente la 01.50 horas. Es una noche fría de agosto de 2005. Una poderosa camioneta 4×4 color azul oscuro de lunas polarizadas se encuentra estacionada casi en medio de la nada frente al mar. Es habitual que los visitantes del lugar lleguen no precisamente a disfrutar del ritmo musical de las olas que no descansan. Tampoco van allí a ver estrellas que Lima nunca tiene. Estacionarse frente al mar, en la Costa Verde, pagando 5 soles por el derecho, otorga a los ansiosos seres una calurosa noche fría de placer. Una suerte de zona delimitada para la llegada de hoteles ambulantes. La llovizna atenúa y las lunas empañadas dictan cátedra de lo sucedido en el interior. De pronto, se estaciona junto a la camioneta azul un patrullero de donde baja un policía. Se acerca altivo e interroga al chofer. 02.15 horas. En la parte trasera hay dos varones. Uno de ellos, diría luego el oficial, “estaba en las piernas del otro y se besaban.” Casualmente, aquel personaje tiene un rostro conocido: es el Padre Martín Sánchez (PMS). En ese instante, los otros autos estacionados detienen sus leves movimientos como sorprendidos y se ponen en marcha. Caja de cambios en ‘R’ y acelerador a fondo. Una anónima llamada telefónica y, en cuestión de minutos, levantan polvo los raudos vehículos de Prensa. 02.35 de la madrugada. Si antes era un personaje público y cuestionado por su labor gerencial y eclesiástica, es éste el instante del lanzamiento mundial del nuevo y mediático sacerdote. Al interior, Augusto Martín Sánchez Terán intenta con la mano cubrir su rostro hasta que todo se torna inmanejable. Ni una apacible forma de hablar ni la presentación de su tarjeta personal. Ni las desesperadas llamadas telefónicas que realiza ni mucho menos, su intento de mostrar inútil la intervención hacen cambiar de parecer al obstinado policía. El dilema es simple en esos momentos: o se arma de valor y enfrenta las obsesas preguntas de los periodistas o, pues entonces, la versión será contada únicamente por los excitados uniformados que lo intervinieron. Martín Sánchez baja de la camioneta y pone la mejilla.
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